EL PAÍS: PLANETA MANRIQUE

EL PAÍS

En la edición del diario El País del pasado día 19 de este mes de marzo se publicó un artícuo de sobre el libro Veneno en dosis camufladas, firmado por Diego A. Manrique. Este es su texto:

“Ya estoy imaginándome a los trolls. Teclea algún niñato que vaya pesadez, que siempre a vueltas con el franquismo. Le refuerza un veterano de colmillo retorcido que asegura que no, aquello no fue tan malo como ahora se cuenta. Entre la amnesia colectiva y los intereses inconfesables, todavía quedan áreas desconocidas de la vida bajo el franquismo. Ahora, un libro enciclopédico ilumina un aspecto de la tenaz contienda del régimen contra cierta música pop. De los Beatles para abajo, todos los artistas sufrieron la tijera.

Y eso es lo que detalla Veneno en dosis camufladas (Milenio), un tomo de erudición enfermiza donde Xavier Valiño detecta y pone en evidencia centenares de casos de censura, torpes o sofisticados. Valiño ofrece información inédita, lo que nos da idea de las prioridades de los estudiosos: solo han investigado la censura en el cine, el teatro, la literatura y la canción politizada. De hecho, el título del libro está extraído del reticente informe de un funcionario sobre el repertorio del cantaor Manuel Gerena. Pero poco sabíamos sobre los mecanismos de control de las ediciones discográficas. Solo conocíamos algunos casos escandalosos, discos donde resultaba obvio que la censura eliminó canciones, cambió portadas e incluso tapó versos molestos con pitidos.

En la caverna de los documentos

En 2007, José Manuel Rodríguez –en antena, simplemente Rodri– preparó un librito con dos CDs ilustrativos, Una historia de la censura musical en la radio española, basado en los archivos de RNE. Recordemos que muchas canciones se vendían en las tiendas y se interpretaban en directo pero, teóricamente, tenían prohibido su acceso a las ondas, aunque eran “amnistiadas” si se modificaba el texto, como ocurrió con el célebre “apoyá en el quicio de la mancebía”, de la tan lorquiana Ojos verdes. Sin embargo, existía un filtro previo al radiofónico, donde se determinaban los vinilos que podían comercializarse en España.

Y funcionó a toda máquina desde 1966 hasta que perdió fuelle, tras causar baja el Vigía de Occidente. El Archivo General de la Administración, en Alcalá de Henares, conserva el testimonio (incompleto) de su celo. Toneladas de expedientes con las denegaciones de canciones, los recursos de las editoras y demás correspondencia oficial. Según la contraportada de Veneno en dosis camufladas, el autor ha identificado 4.343 canciones a las que se puso luz roja, aparte de unas 564 que fueron permitidas tras insistir las discográficas en su inocuidad, aparte de 150 cambiazos gráficos.

Los guardianes escudriñaban las carpetas pero también las letras en cualquier idioma. Valiño demuestra, hasta la extenuación, que el tamiz gubernamental era implacable: se aplicaba por igual a desconocidos grupos holandeses y a las superestrellas anglosajonas.

Ojo con Lennon y Dylan

Parecían extremar la precaución ante supuestos líderes de la contracultura, tipo Zappa o Dylan (si supieran la verdad…). También John Lennon y Yoko Ono despertaban antipatía: las “fuerzas vivas” consideraron un insulto nacional que se casaran en ese pedazo de la península llamado Gibraltar; en varias recopilaciones se quitó The ballad of John and Yoko, tema de los Beatles donde se narraba aquel episodio. Lennon y su esposa fueron objetivo preferente de las “atenciones” de los cancerberos pero también atacaron al beatle modoso, Paul McCartney.

Valiño cubre los forcejeos de las disqueras, obligadas a pelearse por artistas potencialmente vendedores; las discográficas más protestonas conseguían algunos veredictos favorables. Queda constancia de extensas cartas de José Luis Gil, entonces directivo de CBS, que recurría incansable contra decisiones bárbaras: pretendían cargarse seis de las catorce canciones de Blonde on blonde, de Dylan. Contra otro intento de mutilación, la discográfica alegaba las peculiaridades del propio artista: “deben tener en cuenta que Bob Dylan es un cantante oscuro en lengua inglesa y al cual no es demasiado fácil entender ni aun siquiera por los propios americanos debido a su dificultad en la pronunciación”.

Ese cantautor llamado Charles Manson

CBS también utilizó con éxito la coartada artística. En un país sexualmente reprimido, que vetaba cualquier representación contemporánea del cuerpo humano desnudo, sí se permitieron las abigarradas pinturas de Mati Klarwein, repletas de opulentas mujeres sin ropa, utilizadas por Santana, Miles Davis o los Chamber Brothers. Por el contrario, Información y Turismo se opuso a los discretos pechos de la Eva tentadora de Under the jasmin tree, del minoritario Modern Jazz Quartet, empujando a Hispavox a confeccionar otra portada aséptica.

Y eso que Hispavox intentaba ganar puntos ante el Ministerio. En 1970, su presidente ejerció de chivato: comunicó al Director General de Radiodifusión y Televisión que habían recibido una oferta para lanzar Lie, colección de canciones del siniestro Charles Manson. Proclamaba que había desechado el “inmoral negocio”, incluyendo copia (y traducción) de su correspondencia con la empresa estadounidense. La denuncia no impidió que el citado elepé fuera finalmente publicado por Movieplay, compañía relacionada con –atención- la elite financiera del Opus Dei. Lo maravilloso de la historia de este país, saben, es que nunca deja de provocarte calambres de pasmo”.

Aquí se puede leer el artículo en la edición digital de El País.

Aquí debajo su versión en pdf:

EL_PAÍS

27-3-2012

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