PRÓLOGO

PRÓLOGO DEL LIBRO VENENO EN DOSIS CAMUFLADAS. LA CENSURA EN LOS DISCOS DE POP-ROCK DURANTE EL FRANQUISMO

(Texto completo del prólogo del libro escrito por Vicente Fabuel)

 

EL VENENO ES LA DOSIS

A ojos de hoy, la historia de la censura sufrida en este país por los discos de rock durante el periodo franquista, parece más un sainete que otra cosa. Aparcadas por el tiempo pasado las innumerables tropelías cometidas, a menudo sangrantes, banales otras, siempre arbitrarias, muchas de ellas sufridas en propia carne adolescente por uno mismo, aparece este valioso y pormenorizado relato tragicómico de toda aquella absurda inmundicia. Una crónica necesaria escrita pisando descalzo sobre un jardín mugriento, pero resuelta caballerosamente a modo de civilizado ajuste de cuentas. La generosa mirada de Valiño regala amabilidad a un tiempo y a unos funcionarios perversos cuya finalidad última consistió en rebajar en lo posible la dosis de veneno que a su maltrecho juicio contenía la música rock.

Si no podía barrer de un plumazo la nueva realidad que el rock planteaba en la capas jóvenes de la sociedad española en los años 60, la censura jugó a eliminar en fanática tarea aquellas sus aristas más punzantes, un hecho posibilista que, si en determinados casos podía llegar a entenderse al estar sometida a una dictadura, en muchos otros, docenas y docenas de ellos (como por ejemplo prohibir el Blonde on Blonde de Bob Dylan por ser, entre otras cosas, un disco “ligero y homosexualista”) revelaba los niveles de alucinación, incultura y perversión de tan siniestro oficio. En cualquier caso, del mismo modo habría que decirlo, por esa misma ceguera del funcionario, la censura nos dejó tanto como nos quitó. En aquellos discos diezmados con los que crecí (y quiero pensar que, a pesar de ello, maduré) había tanto que ofrecer, tanta creatividad y aún tanta belleza, que incluso mutilados revelaron la futilidad de tan perversa práctica. La regocijante lectura de Veneno en pequeñas dosis compensa la vileza sufrida así como todo aquello tangible (portadas, encartes, textos, canciones) que directamente nos fue robado de los discos. Porque además, no se olvide, hubo que pagarlos en tienda al mismo precio que si fuesen un producto cultural en plenitud.

Con calibrada meticulosidad explica el libro aquella guerra sin cuartel: a un lado el censor, dueño y señor de la obra y con poderes plenipotenciarios para manipularla a su real antojo; al otro, el despojado artista en la más absoluta indefensión, y el escenario del abuso, los últimos años 50 coincidiendo con la edición de los primeros discos de rock (o blues, o jazz) que comienzan a publicarse. Un oscuro ente llamado Delegación Nacional de Propaganda (dependiente del Ministerio de Educación) velaba entonces por la moralidad de los españoles con la eficacia que se presupone a cualquier dictadura. Asimismo, debería añadirse que, además, ayudados indiscriminadamente por cualquiera que llevase gorra y un pito en la boca. Quiere decirse que durante esos años, y a falta de unas ordenanzas que delimitasen un marco real de posibilidades, el asunto de la censura de los discos quedó a merced de quien tuviese la más mínima autoridad en cualquiera de los estamentos que fuesen: político, social, artístico, moral, educativo o religioso. Imposible plantar batalla ante ese vírico panorama en el que la más inocente nimiedad en una voz, un texto, un dibujo o una foto, estaba condenada indefectiblemente a colisionar contra un muro.

Esta desigual contienda marcaría a fuego los primeros diez años de rock editado en España (1956-1966), años en los que dado el aún bajo nivel de implicación social del género (sin duda y básicamente sus años más lúdicos), en términos generales todo se dirimió en torno a algo tan etéreo como ‘el buen gusto’, consiguiendo que discos, artistas y canciones con notable relevancia internacional no llegaran a editarse simplemente porque sus títulos, textos o portadas, cuando no su ritmo, intención o guturalidad, resultaban mínimamente sospechosos. Caso de publicarse, se contaba por descontado con la alteración de cualquier portada explícita, del signo que fuese, con especial inquina en hacer desaparecer a los intérpretes negros de las mismas, y mucho menos en primer plano. Bastaría comparar ediciones internacionales del mismo disco, la española y las de países próximos como Francia e Italia, por ejemplo, para comprobar cómo desapareció cualquier atisbo de insinuación, erotismo o voluptuosidad.

No fue hasta 1966, con Fraga Iribarne en el Ministerio de Información y Turismo, cuando se reglaron mediante dos Direcciones Generales, unas sibilinas normas de censura según las cuales se podía autorizar o rechazar la publicación de un disco, alterando su portada y las canciones si así se entendía, y al mismo tiempo impedir que sonase por cualquier medio aún habiendo sido autorizada su edición, entonces difusión básicamente centrada en radio, televisión y discotecas. Aun más, también podía autorizarse o no su publicación en single, a sabiendas del censor, claro, de que ese formato siempre iba a tener más opciones de popularizarse que si el tema reprobado únicamente iba incluido en un LP. Quizás, el paso adelante dado consistió en la posibilidad de que el artista (o su representante) podía dialogar y defender su obra frente a la Administración. Y no se olvide, nunca debería olvidarse, el tema de la autocensura, esa inconsciente adecuación previa del artista a las trabas inquisitoriales que su obra iba a padecer.

Todo aquello saltó oficialmente por los aires el 24 de abril de 1977, con el primer gobierno de Adolfo Suárez, y desde entonces -supongo que todos contentos celebrando su desaparición y la recién ganada libertad- un silencio se había adueñado del asunto apenas salpicado ocasionalmente por el rico anecdotario dejado tras la huella de un puñado de míticos discos gravemente censurados: Who’s Next (1971) de The Who; Sticky Fingers (1971) de The Rolling Stones; Aqualung (1971) de Jethro Tull; Sometime in New York City (1972) de John Lennon & Yoko Ono; Berlin (1973) y Rock & Roll Animal (1974) de Lou Reed, Live 1969 (1974) de The Velvet Underground o el primer álbum de Veneno (1977). Para el resto de aficionados todo pareció reducirse a cuatro nombres señeros y poco más. Pero tristemente no fue así. En sus años de máxima actividad (1969-1975) la voracidad de la censura española no pareció tener fin. Coincidiendo con los años en los que el rock se adentró sin tapujos en terrenos más comprometidos, miles de canciones fueron caprichosamente estigmatizadas sin que pudieran acercarse a su público natural, impidiendo su difusión por la radio con aquel tajante sello de “No Radiable”; centenares de discos aparecieron troceados tanto en sus portadas como en los contenidos, haciendo desaparecer sus canciones más afiladas. Aún duele reconocerlo, durante mucho tiempo nos perdimos muchas de ellas, pero el destrozo fue tan grande que, acostumbrados a convivir con las miserias de la censura, todavía hoy comprobamos que muchos de los discos que tenemos en casa estaban mutilados sin saberlo.

Hasta la fecha, ni siquiera la cuantiosa bibliografía española en torno a la censura había reparado con detalle en la parcela rock que nos ocupa. A este primer libro en pormenorizar con detalle la historia de nuestra censura en los discos de rock, obviamente le ha precedido en primer lugar todo el material en torno al mundo de los cantautores y la canción social hasta la etapa de la Transición. Igualmente se publicaron trabajos en torno al mundo de la copla, el bolero o la canción popular e incluso sobre el rock a nivel internacional, pero la deficitaria consideración artística que siempre mereció éste género por aquí, usualmente interpretado como una manifestación cultural juvenil sin demasiado fundamento, hizo que todo este calvario apenas moviese a editor alguno por documentarlo. Quizás ese mismo y congénito desprecio por el género fue lo que bastó a las autoridades censoras para montar únicamente un pequeño cuchitril (y no otra oficina más grande) para controlar adecuadamente los discos de rock (se habla de pop, rock, blues, soul, folk o jazz) que debían o no aparecer en este país.

Uno de los hallazgos más chocantes del libro revela que durante esos doce últimos años en los que con mayor intensidad se perpetró la faena, toda ella y en dicho cuchitril se la repartieron únicamente cuatro funcionarios, únicamente cuatro. Siempre los mismos, tres con los que no se podía ya contar y uno aún vivo con el que Valiño llega a hablar, y que los tales, en realidad censores de libros, tuvieron que desarrollar esta nueva tarea por las tardes y por cuatro duros durante el tiempo libre que les permitía su otra más valorada función. Cuesta poco percatarse de que si tenían que enjuiciar y escuchar todo aquello que pretendía editarse (cientos de discos semanales) debieron hacer su trabajo a destajo, sin el menor miramiento y disparando a cualquier cosa que se moviese. Así se hizo; de otro modo no se explica la ingente relación de canciones, discos y artistas que de uno u otro modo se vieron implicados en tan abusiva, inútil y a veces ridículamente caprichosa práctica.

Veneno en dosis camufladas y toda su enorme tarea en destapar el alcance global de la censura española sobre el rock, sin duda se ha podido llevar a cabo gracias a la colaboración de un buen puñado de coleccionistas y tiendas especializadas (en realidad, es lo mismo), ya que entre todos ellos atesoran ese valioso -en términos de coleccionismo- material requisado y alterado, la prueba de un delito implacable que marcó los años más valiosos de la historia del rock. Pero sin duda se ha logrado gracias a la bendita tozudez del autor, tenaz en su descenso a los infiernos, en su búsqueda de los archivos de los censores en donde -orgullosas- aparecen aquellas tropelías cuidadosamente relacionadas, y en su temerario encuentro con el único superviviente de aquel cuarteto censor que tuvo en sus manos la caprichosa potestad de decidir qué música debía o no de escuchar un país. Un trabajo minucioso, irónico y juicioso que de alguna forma nos restituye la humillación sufrida, pero que sobre todo acaba siendo todo un irremplazable testimonio social de aquel momento.

 

Vicente Fabuel

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